3 corridas televisadas 3

Saúl Jiménez Fortes y un toro de Victorino Martín en La Malagueta

EL SENSATO INCONFORMISTA

Por José Carlos Arévalo / Foto: Mauricio Berho

Según el origen sagrado de los números, el 3 es el número de la creación, la armonía y la totalidad. Tres atributos propios del toreo, que es el acto de crear una armónica obra de arte en peligro de muerte, lo que depara una plenitud total. Además, tres son sus cánones: parar, templar y mandar. Tres tiempos tiene la embestida, arranque, embroque y remate. Tres tercios completan la lidia. Tres toreros anuncian los carteles. Tres banderilleros hay en una cuadrilla. Tres picadores había (dos y el reserva) y tres puyazos se daban cuando la suerte de varas era otra cosa. Tres pares de banderillas completan el segundo tercio.Tres partes dividen la faena de muleta desde que Manolete pisó los ruedos: apertura de toreo y prueba, plenitud de la conjunción de torero y toro, y encuentro final de la suerte y la muerte. Tres son los lotes de toros de una corrida. Tres autoridades hay en el palco, presidente y dos asesores. Tres avisos penalizan al matador. Tres trofeos lo premian: una oreja, dos orejas y el rabo. Tres son los útiles fundamentales del torero, capa, muleta y espada. Tres luces hay en la plaza: sol, sombra y sol y sombra. Tres son las puertas del ruedo, la de cuadrillas, la de arrastre y la grande (el toril no es una puerta, es el agujero del misterio). En tres está dividido el ruedo, los adentros, el tercio y la boca de riego. Tres son las cualidades que tiene una figura del toreo: valor, maestría y arte. Y tres son los caracteres del toro de lidia: bravura, casta y nobleza.

El taurino número 3 me ha venido a la cabeza porque la semana pasada tuve la satisfacción de ver tres interesantes corridas por Canal Sur, explicadas y sentidas por un matador de toros ejemplar, el maestro Ruiz Miguel, que ve la lidia y el toreo con la solvencia y humildad del que se ha puesto delante; y tres periodistas, el líder de la transmisión, José Enrique Romero, a quien el conocimiento la pasión no quita, y dos entrevistadoras y comentaristas que saben tela de toros.

Me postro, pues, ante el mítico número 3 y le pido permiso para hablar de seis protagonistas. O sea, tres y tres (cinco toreros y un ganadero) que me han deslumbrado en las tres corridas de marras. Por orden de aparición, Morante de la Puebla, Victorino Martín, Emilio de Justo, Fortes, David de Miranda y Roca Rey. 


 Morante hace un toreo mágico con toros imposibles


A nadie se le ocurriría poner a bailar a John Travolta con una bruja vieja y coja. Pero el toreo es punto y aparte, y nos encanta que le salga un toro malo a un torero bueno. Que esto sucediera en La Malagueta con Morante, dos toros deslucidos de Núñez del Cuvillo y otros dos del mismo tenor, de Torrealta y Garcigrande, fue un privilegio que la gente no supo premiar. Morante respondió a la aviesa torpeza de sus cuatro toros con inteligente y torero virtuosismo. A la suspicaz mirada del primero, con una inaudita verdad en el cite. A las embetidas desconfiadas y abruptas de su segundo, con la caricia del temple. Al genio defensivo del tercero, con valor seco y torería entregada. Al correoso y manso cuarto, que reponía con violencia, y que le cogió, con valor y arte.

Sus lidias fueron exhibiciones de plenitud, de maestría despierta y valor dormido, cuatro lecciones de toreo con la naturalidad de quien está de vuelta y se entrega como si no hubiera llegado. Sus toros terminaron como no eran, embistiendo. Su bellísimo toreo al natural fue muy jaleado, sus volapiés, de ejecución sincera. Fueron faenas de dos orejas pero le dieron  una por todas y de consolación. ¿Por qué?  Quizá porque Morante hace una faena de muleta abierta, de preguntas al toro muy cuajado de nuestro tiempo, sin códigos y estructura conocidos por un público que sin embargo ha jaleado su toreo.

Más extraño que la pasmosa inconsecuencia del tendido fue el despiste de los incultos presidentes, que se sabrán el reglamento, pero no saben valorar lo que todavía no se ha codificado: la síntesis morantiana entre la faena abierta, de preguntas del torero y respuestas del toro, practicada en la Edad de Plata, y la faena manoletista, de estructura cerrada, impuesta a toda suerte de ganado a contraestilo. Extraño, Morante ha hecho, con Fortes, el toreo más caro de la feria. Ha tenido el mérito de cuajar cuatro toros deslucidos y con peligro, los ha matado con verdad, como si cada uno fuera el toro de su vida. Y sin saberlo ni pretenderlo ha revelado... ¿la vigencia de la secular rivalidad taurina entre Málaga y Sevilla? 


Victorino Martín, más allá de Albaserrada


Lo admirable de este ganadero -hablo de Victorino hijo, que lleva muchos años al frente de la ganadería- es que ha potenciado la bravura y no ha renunciado a la casta. La bravura es darse a la embestida con valor, sin reservas que implican miedo, por tanto con prontitud al cite, olvidado el toro de sí mismo, sin arrepentimientos "tobilleros" en el embroque, que delatan mansedumbre defensiva, y también con casta encendida, plena de un ardor vivaz y vigoroso. Hay toros buenos y malos de Victorino, unos embisten bien y otros, mal, pero todos embisten, ninguno pasa indolente y sin celo, sin querer atrapar de verdad el engaño, como tantos toros de tantas ganaderías. Por eso todos los "victorinos" exigen toreo. Unos con látigo magistral, otros con látigo de cristal. Manuel Escribano, que estuvo hecho un héroe, fue cogido, mató al toro y se fue a la enfermería por su pie, como un tío. Emilio de Justo usó el látigo del maestro y el látigo del artista en una faena deslumbrante. Fortes hizo el toreo que, dicen, baja de los cielos, a un toro que se debió indultar. Y Victorino lidió una corrida estelar, más allá sus toros de lo que fueron sus ancestros, los "albaserradas".



Emilio de Justo ya es Emilio de Justo



Me interesó el torero extremeño cuando vino de Francia. Era un diestro de corte joselitista, parecido físico y un trazo similar, algo más rígido. Pero la Fiesta es cruel. Cuando su ascenso era imparable se encerró con seis toros en Madrid. Era la tarde de su consagración y el segundo toro le cogió y lo dejó, se temía, inhabilitado para el toreo. Estuvo largo tiempo recuperándose. Y volvió, y luchó, y continuó toreando. Pero el aficionado es cruel. En este caso, yo. Porque De Justo siguió siendo un buen torero, pero de trazo tenso y forzado. Y me dejó de interesar. A partir de entonces apenas le vi. Supe de sus éxitos y me alegré por él. Pero en Málaga me ha deslumbrado. Su segundo "victorino" fue un toro bravísimo, pero de esa bravura tan encastada que se puede torear pero no moldear. Y Emilio moldeó sus férreas embestidas. Y punto. No entro en más matices. Lo que hizo fue cruzar la raya, pasar al otro lado del espejo. Creo que el año próximo le veré muchas veces.



La mítica faena de Fortes



¿Hizo Fortes la faena de la feria? No lo sé, sólo he visto las tres corridas televisadas de la feria malagueña y sería necio afirmarlo. Pero sí puedo sentenciar sin la menor vacilación que hizo la mejor faena de muchas ferias. Algunos aficionados matizarán que su toreo de muleta al tercer toro de una corrida memorable de Victorino Martín tuvo la colaboración extraordinaria de un toro excepcional. Cierto. Pero también lo es que todo toro embiste de manera distinta a cada distinto torero que se le pone delante.

El toro de Victorino tenía un grave problema, que se viera más su embestida que al torero su toreo. Pero no fue el caso. Porque el de Fortes hizo lo que todos los toreros que son y han sido querrían hacer al menos una vez. La verdad de sus cites suplía la emoción que pudiera robarle la fijeza del toro. La imantación de su temple fundía la reunión de la bravura y el toreo como si la voluntad del torero y el toro fueran una sola voluntad. El sentimiento esculpía un trazo largo, interminable, rematado hacia adentro, que acoplaba la embestida con un compás elegantísimo. Y si los naturales y redondos, tan toreados, tan fajados, tan limpios, se quedaban sin sitio para ser ligados, resultó que milagrosamente lo había porque la embestida  proseguía imantada en los vuelos de su privilegiada muleta. Entonces sucedió un fenómeno que algunas veces hemos vivido en la plaza, imposible de ver en una pantalla, y que sin embargo vimos como si estuviéramos de aquella Malagueta poseída por el éxtasis, como huída  al tiempo sin tiempo del verdadero arte de torear. Y de él regresó y regresamos cuando una gran estocada mató al toro y estalló la catarsis.

En el ruedo, los toreros siempre nos cuentan cómo están. Pero rara vez nos dicen de verdad cómo son. Fortes nos lo dijo con una sinceridad absoluta este año, el 21 de agosto, en la Plaza de Málaga.

Y ahora yo me pregunto: ¿Por qué quien así torea no es un fijo en todas las ferias?



David de Miranda, lo que es y lo que puede ser



David es el toreo según Huelva. El valor hecho arte. La desnuda verdad del toreo. Y algo más difícil todavía, el arte de torear despojado de toda retórica. Ni un adorno, ni un guiño, nada que cubra la esencia, el bellísimo esqueleto del toreo. Más que el valor, más que la perfección del trazo, el toreo de David, que se lo debe todo a la genial aportación torera de Ojeda, habrá alcanzado su meta cuando sepa que en él habita el misterio helado de los Litri y descubra la profunda, inmutable quietud de Manolete. Entonces habrá conseguido que los públicos, además de premiarle con orejas, descubran el torero muy distinto que lleva dentro. Eso fue lo que me dijo su estremecedora actuación  en el ruedo de Málaga.

También estimuló mi confianza verle aconsejado por Enrique Ponce, el torero más inteligente que he conocido.                       



Y Roca Rey…



No me gusta decirlo, pero lo pienso: desde los muchos años que llevo viendo toros, Roca Rey es, para mí, el torero más importante que ha llegado de América. No me parece imprudente decirlo, yo no tengo la culpa de que aficionados y críticos teman valorar el presente y acepten  sumisos los valores consolidados del pasado.

La lidia completa de Roca Rey al quinto toro de la tarde, el día 22 de agosto, en Málaga, ha entrado ya en la historia viva del presente. Tuvo un argumento inobjetable: De cómo un toro bravo va entregando paulatinamente su bravura lance a lance, pase a pase, hasta llegar a la suerte suprema absolutamente vacío, sometido, sin huella de agresividad alguna, como lo demostró su matador al final de la lidia, avanzando paso a paso, el pecho por delante, la muleta plegada por detrás, entre los dos pitones, mientras el toro retrocedía paso a paso, rendido a la autoridad de un torero que había succionado su bravura mediante un toreo intenso de mano baja, trazo largo, exigencia suma y una honda belleza, más brava que la bravura del animal. Y como Roca Rey cobró una estocada con la misma raza que toreó, la plaza se convirtió en un cielo de pañuelos blancos. Ni una palabra más.

Conclusión: 3 corridas 3 rindieron culto al número sagrado de la tauromaquia, y nos dijeron que el toreo de nuestro tiempo está en alza. Ahora habrá que hacerle al 3 la gran pregunta: ¿Por qué si hay toros y toreros la Fiesta está en crisis? La semana que viene, más.

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